martes, 27 de diciembre de 2011

Triste San Valentín: Como siempre, no se puede vivir del amor (1)

Ya en "500 Días de Verano" intuíamos que las historias de amor suelen ser más un fruto de la persistencia de uno de sus protagonistas (el poseedor del cromosoma Y, por las razones que expondremos en unos instantes) empeñado en superlativizar la relativa vulgaridad de un encuentro cualquiera con un miembro femenino de la misma especie, cuyo mayor atributo suele ser el hecho de haberle hablado cuando, en circunstancias normales, hubiera seguido de largo sin brindarle, siquiera, una mueca de desprecio. 

Esa cierta familiaridad (extraordinaria, es cierto; pero que no va más allá de la que pueda sentir por un cachorro feo) trastoca la psique de nuestro héroe, exigiéndole idealizar las cualidades mortales de su amada y, por tanto, divinizar el camino que debe recorrer para conquistar su corazón (entendiéndo corazón como órganos sexuales, aunque nuestro pobre bufón ardería rubicundo ante la sola mención de la carne). 

¿Pero qué pasa cuando lo consigue? ¿Cuando la historia no termina en un clásico "No eres tú, soy yo", o en un "Tú mereces a alguien mejor que yo"? sino en un matrimonio civil-religioso de plena validez, de los que brindan indubitables derechos sucesorios al consorte superviviente?

Eso es, justamente, lo que nos narra Triste San Valentín (Blue Valentine) y nos confirma que el único amor eterno es el amor de verano, por su imposibilidad de culminación práctica. Pero, para entender la evolución de los hechos narrados por la película, debemos hacernos la pregunta de toda la vida ¿qué es el amor?. Ahora mismo se lo explicamos, pues gracias a Ryan Gosling y Michelle Williams, por fin nos ha quedado claro. Y, como siempre, queremos compartir nuestra sabiduría recién adquirida, con ustedes:

Como ya Darwin nos lo ha metido por las narices, la vida -en cualquiera de sus presentaciones- hace hasta lo indecible por mantenerse allí. Entre otras cosas, actuando como previsor agente de inversiones, distribuye el riesgo en diversos productos: Mamíferos, reptiles, aves, insectos, etc. Así que, si a algún meteorito se le ocurre estrellarse contra la superficie del planeta y cambiar las reglas de juego climático, pues se extinguen unos miles de especies, se da la posta de la supremacía a otro filos y listo, aquí no ha pasado nada.


Pero en algún momento, por sus ansias diversificadoras, alguna especie se le sale de control y empieza a aniquilarse lindamente a sí misma y a varias otras, por lo que utiliza sus propias debilidades para hacerles volver al redil, al objeto final de su existencia, que es simplemente: "Mantenerse y procrear".


Y cómo engañar a un organismo cuyo único mecanismo de protección es la inteligencia, sin destruirla y, por tanto, condenarla a la extinción que pretende evitar? Pues sencillo: Transforma sus impulsos primarios en nobles ideales y tendremos que hasta el más emo de los homínidos se sentirá alguna vez enamorado, lo que le brindará alguna posibilidad de sexo, que a su vez podrá traducirse en reproducción y ya, el ciclo se mantiene y los pobres monos, además, pensarán que lo hacen por voluntad propia.


El amor es, entonces, un simple mecanismo evolutivo de supervivencia, y como tal, no funciona de la misma manera en ambos géneros de la especie. Puesto que la mujer es quién genéticamente tiende a proteger a los vástagos y a alimentarlos, el amor lo que debe buscar, en su caso, es convertirla en un ser lo suficientemente restrictivo en su aceptación carnal, como para tener cachorros sin taras hereditarias y el acceso a recursos suficientes para su desarrollo físico e intelectual (que les permitirá, en su momento, mayores posibilidades de procrear, ellos mismos), lo que se traduce en que, por lo menos, nueve de cada diez mujeres tenderán a enamorarse de millonario guapos. 


Ante una oferta exigua de varones acomodados, viriles y atractivos, la vida (como hemos visto, obsesionada por la cantidad y no por la calidad de sus especies) no puede dejar sin aparearse a la inmensa mayoría de hombres que no poseen alguna o ambas condiciones. Entonces utiliza las reglas del mercado -que son tan antiguas como las de la física- y logra que cada mujer luego de un periodo adolescente irracional (que les permite, a veces, lograr mejoras genéticas embarazándose de hombres fuera de su nivel a costa del peligro de un futuro estable) establezca, subconscientemente, su valor de mercado y deje de enamorarse de príncipes azules si son gordas y de gerentes de banco si son feas. Gracias a la sabiduría de la vida, casi cada mujer terminará aspirando románticamente a aquello que en la práctica pueda obtener. O, como en el caso de la protagonista de la película, resignándose a alguien inferior para brindar seguridad a su cría, sin renunciar, por supuesto, a confundir el instinto animal con amor del puro. 


En resumen, a falta de hombre perfecto, y de acuerdo a sus propios atributos, la mujer amará al que tenga más dinero, mejor trabajo, cuerpo poderoso (resabio genético donde la supervivencia dependía en gran medida de la fuerza), un rostro atractivo, o que sea hombre.


En el caso de los hombres, el amor tiene una naturaleza diferente. Ya que su posición natural es la de proveedor, difícilmente sentirá atracción por el poder o la riqueza (le interesarán, probablemente, hasta se apareará por ello, pero siempre tendrá claro que no hay ningún sentimiento en esa transacción comercial). Su interés se centrará, como es predecible, en conseguir una mujer de contextura adecuada para resistir los rigores del parto y la lactancia posterior y un sentimiento maternal exacerbado, que le permitirá criar a los hijos a los que él no se molestará en identificar y a administrar los recursos excedentarios que tenga a bien entregarle para el futuro. O lo que es lo mismo: Culos, tetas y ternura. 


De la misma manera, como todo bien es escaso, el hombre económica y físicamente mejor dotado se decantará originalmente por las dos primeras características (o dígamente si, aparte de Federer, conocen un millonario con una esposa fea) y luego por la mujer dulce y futura madre perfecta. Finalmente, por cualquiera que se mueva y que, de preferencia, posea una vagina.


(CONTINÚA)