martes, 22 de marzo de 2016

Sumisión: El Pragmatismo según Houellebecq


Sin importar el libro que estemos leyendo, Michel Houellebecq siempre habla de lo mismo: La soledad y el envejecimiento. Sus historias son solo excusas para volver incesantemente a los mismos tópicos y, por lo general, nos regala un final tirado de los pelos, mofándose de nosotros (muchos jamás nos damos cuenta), al darnos a entender, como única moraleja, que en este mundo, en esta carne y en esta civilización occidental, estamos jodidos hasta la médula. 

El ser humano nace, crece, se reproduce y muere. Esta simplista, y deprimente, descripción de la vida es precisa e inevitable, salvo en el aspecto de la reproducción. Este, al que llamaremos el tercer paso de tu existencia, desde finales del siglo pasado va haciéndose menos popular, especialmente en países del primer mundo, conforme pasa el tiempo. La edad promedio del inicio de la paternidad se aleja a pasos agigantados del momento biológico ideal y, en un gran porcentaje, nunca llega a ejercitarse.

Sin embargo, nuestros cuerpos, que no han cambiado gran cosa desde los albores de la humanidad, nos exigen, mediante señales, similares al hambre, que ya llegó el momento de la procreación y que lo hagamos de una vez, para poder continuar con la etapa de manutención hasta que las crías se hagan independientes y poner sumergirnos, resignadamente en la vejez y la muerte y, de esa manera, mantener en movimiento el ciclo de la vida. 

Al alcanzar la adolescencia, se dan las primeras señales: Hormonas desenfrenadas, odio a la autoridad y a los padres. Júntalo con alcohol y drogas y ¡Listo! Embarazo juvenil garantizado. Además, si eso falla, que es común en un mundo con métodos anticonceptivos, nuestros genes -en complicidad con la sociedad- han inventado el amor romántico, que conduce al matrimonio,y este a la reproducción como una manera de "fortalecer" dicho amor y "al hermanito para que le haga compañía". Es así que, un gran volumen de la población termina cumpliendo con el tercer postulado de la vida ("Se reproducen", por si lo olvidaste) y trabajando para "darles lo mejor" y anularse como seres humanos hasta que la vejez los atrapa desprevenidos, con suerte, y se mueren. Ciclo completo y a pasar a la siguiente generación. 

Por otro lado, aquellos que no pasan por esa fase, voluntaria o involuntariamente, aún tienen el "ansia parental" en su organismo, desesperada por expresarse, así que allí entran a tallar los placebos capitalistas del amor, cuyo epítome viene a ser: ¡El perro! Un vulgar cánido que ha evolucionado para entender que el humano es su macho alfa, por lo que puede cumplir el papel de hijo pero sin los molestos problemas que implica uno de verdad, como enseñarle cosas, utilizar casi todo nuestro tiempo en él o ver como, a pesar de nuestros cuidados infinitos, va alejándose de nosotros. Un hijo exige demasiadas responsabilidades y es un freno en las aspiraciones profesionales, tan caras al pensamiento occidental. En cambio el perro solo nos da amor, mejor aún, solo nos da amor cuando lo necesitamos y el resto de tiempo podemos utilizarlo en cosas más productivas y, lo mejor de todo, es que no se irá con sus amigos o con la novia/o  ¡Es mío, solo mío! Además, "se le pueden comprar tantas cosas lindas" y es el infante eterno, un organismo que no se independizará, que estará allí hasta que lo decidamos o hasta que se muera. 

Claro que esa "paternidad animal" termina tergiversando nuestra capacidad de entender a nuestra propia especie, de indignarnos con las injusticias humanas y de involucrarnos en causas que puedan ser perjudiciales para el status quo. Mientras más derechos tengan tus mascotas, el mercado podrá venderte más productos y ¡La rueda de la economía girará perfectamente! Por el contrario, mientras más derechos pidan los humanos, más difícil es que la gente ame su papel de esclavo. 

El hijo (o bueno, el perro) termina siendo nuestra forma de inmortalidad. Una vez que vas envejeciendo, tomas a tu retoño como el relevo que "hará lo que tú no pudiste" y así gozarás de una segunda oportunidad, de una segunda vida que hará que soportes tu esclavitud social hidalgamente, con la esperanza de que tu hijo (tu otro yo) ya no tenga que cargar las mismas cadenas.

Pero hay un tercer grupo: Aquellos que no tienen hijos, ni mascotas, o que no logran creer aquello de que sus vástagos son la extensión de sus propias vidas, están condenados a un tipo de soledad y vacío emocional que sólo comparten quienes carecen de ese otro placebo social que es la religión. Es aún peor cuando son ambos los vacíos a los que te enfrentas.

Así son los personajes de Houellebecq: Hombres educados, cultos, sin problemas económicos, ateos y en el ocaso de su vida reproductiva, sin hijos y sin ganas de tenerlos. Personas en apariencia exitosas, que han fracasado en aspectos menos visibles, más íntimos, y que no suelen solucionar esos fracasos ni maquillarlos con juergas de fin de semana ni con adicciones al trabajo. Es más, suelen no estar cómodos en actividades sociales y toman sus labores como simples fuentes de ingresos (Dicho sea de paso, suelen tener trabajos que les brindan abundante tiempo libre, el que aprovechan en sentirse más miserables).
En su última novela: Sumisión, a diferencia de sus primeras obras (Antes de El Mapa y el Territorio), el sexo tiene un papel secundario, aunque importante para entender sus motivaciones en la deconstrucción de su concepto de amor. A lo largo de la narración, pasa del absoluto descreimiento ante "el amor romántico que producirá hijos" a la añoranza por el "con ella pudo darse el amor romántico que producirá hijos" y de allí al "no hay manera de que una mujer pueda llenar todas mis carencias". En este punto: Jubilado a la fuerza a los 45 años, con una pensión digna de la cédula viva de la 20530, con una pasmosa cantidad de tiempo libre y sin nada que hacer, el protagonista siente que ha tocado fondo, que no importa si pasa un día o cincuenta, se va a morir ahogado en su profundo vacío.    

Es entonces que se le ofrece una solución de un pragmatismo tremendo. François fue profesor universitario en la Sorbona y con la llegada al poder de un partido musulmán, ésta se convierte en una universidad islamista, lo que origina su prematura jubilación. Entonces, el nuevo rector intenta convencerlo de que regrese, para lo cual tendría que convertirse a la fe de Alá y le dice, más o menos, lo siguiente: "¿Cansado de tu middle aged crisis? ¿El nihilismo no te deja disfrutar del canto de los pajaritos? ¿Te gusta comer bien pero no tienes ni tiempo ni ganas para la cocina? ¿Te falta buena conversación? ¿Tu casa no tiene el nivel de aseo que esperarías? ¿Te falta amor? ¿Necesitas una concepto de espiritualidad que le brinde cierto sentido a tu envejecimiento? ¡No busques más! ¡Tenemos una oferta limitada por la que te ofrecemos un Dios que regule cada aspecto de tu vida, de manera que no puedas darte tiempo para dudar (Y no esas mariconadas new age de La Posibilidad de Una Isla)! ¡Pero eso no es todo! ¡Si llamas ahora mismo, tendrás la posibilidad de llevarte no una ni dos, sino cinco esposas! ¡La cocinera! ¡La lavandera! ¡La artista del sexo y la artista de verdad! ¡Incluso la amiga! ¡Todas ellas dispuestas a tratarte como su señor y a convivir entre ellas a sabiendas de su papel secundario en la sociedad pero central en la familia! ¡Olvídese de las mascotas y las películas porno! ¡Olvídese de infidelidades y borracheras de bar con los amigotes! ¡Ahora sí podrás tener todos los hijos que quieras sabiendo que tu libertad no se resentirá un ápice! ¡Esta oferta aplica solo por el día de hoy!

Es entonces que François, luego de un breve momento de duda, entiende la diferencia esencial entre la civilización musulmana y la occidental: Mientras la última ha tratado de crear una sociedad en la que prime el individuo, sin importar su sexo, ha terminado, más bien, desnaturalizando sus características generando una perpetua e inevitable sensación de infelicidad que es combativa con el consumismo y las ansias aspiracionales. La sociedad islámica, en cambio, se encuentra en una mayor consonancia con la genética humana -al fin y al cabo no dejamos de ser animales- y pone como eje social a la familia simiesca tradicional (un macho alfa, el número de hembras que puede alimentar y a sus crías), pudiendo solo el macho interrelacionarse con otras unidades familiares, para crear una nación que se basa en ello y en su sumisión completa a las leyes divinas.

François está cansado, solo, pavorosamente solo y aburrido; por lo que, para él, la elección es muy sencilla; así que renuncia a los conflictos abstractos de su intelecto y se abandona a la placidez de una vida simple, animal (en el buen sentido) y en comunión con todo su entorno. En otras palabras, halla la paz en la ignorancia, que es más o menos lo mismo que buscan los que van a las "marchas por la vida", a las estaciones en semana santa y las misas dominicales. 

Houellebecq nos permite comprender e inmenso éxito del islamismo (y de la religión en general) en un mundo en el que la opción antitética es frustrante, dolorasa, vacua y, a menudo inutil; y permite que comprendamos el porqué del avance de los fundamentalismos incluso entre personas instruidas. ¿Es la de François la opción correcta? Mejor lees el libro y lo decides tu mismo.

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